De Lo Telúrico A La Estética De Apunte A Lápiz

La palabra es un dios bifronte que mira lo real
desde ángulos análogos y simultáneos.

Rafael Rattia

Con Apunte a Lápiz en manos, he descubierto, y con una especie de complacencia, que la escritura literaria está siempre precedida por inexplicables situaciones psíquicas con las que el sujeto creador hace explícitas sus intuiciones y certezas logrando pocas veces enunciar en su quehacer verdades de vida, de suerte que va avanzando proposiciones fácticas (reales o ficticias) con la única pretensión de descantar la atención y el interés de su hipotético interlocutor, quien a menudo espera encontrar ese evento inexorable que trasluce el escritor al través de su acto creador, es en este caso el poema, cuyas “realidades” no escapan al influjo y a la fuerza que nuestro terruño natal nos imprime: la fuerza telúrica.

Esas inexplicables situaciones previas al acto creador, son en Rene Rodríguez Soriano un pozo interminable de historias, remembranzas y recuerdos que van tejiendo otra historia que se devela y se nos revela en el particular discurso estético que permite la poesía. Sin embargo, en Apunte a Lápiz, el sujeto, la cosa, lo fáctico es trascendido por las íntimas he intransferibles necesidades que cada historia poética provoca en el creador, a manera de imágenes idealizadas en el sueño particular y alterno de su inagotable pozo de asombro.

En René la palabra al nombrar las cosas las aclara o las diluye en una diáspora matizada por una especie de cromatismo plástico que le confiere fuerza hipnotizante al verso, como cuando en La vieja casa dice: … y algún potrillo perseguía las mariposas/o más allá donde bebían los arco iris.

Pero también lo poético se potencia con el despliegue semántico de su decir, el que va construyendo un hipercomplejo proceso no desprovisto de la axiología propia de aquel que no busca el verso fulminante o la decantación azarosa, sino la significación consciente extraída del conjunto como universo, como realidad completa e independiente y de singular hondura propia, y a veces casi metafísica, como cuando dice: Cada vez que me mira, /ve que la miro, /envejeciendo de este lado/mientras ella /cada vez rejuvenece /en mi recuerdo. (Retrato de mamá)

Por otra parte, es importante señalar que en Rene Rodríguez Soriano, el diario vivir es una cantera de inconmensurable riqueza, donde logra, al observar su entorno y su propia y particular historicidad, extraer las riquezas que antes de habitar su memoria poblaron su sensibilidad, y eso le permite conjurar lo común en una especie de exorcización que pudre de bellezas, una vez sus personajes, otras veces los lugares por donde aun continúan extraviados aquellos, como si cada verso fuera un intento por reinventar en la palabra un mundo menos anómico, en un especie de sortilegio que hace cómplice el pasado con el presente, así ocurre como cuando en Retrato de Papá, nos invita de manos de lo demiúrgico de su realidad a pasearnos por los senderos de sus recuerdos de manera elegante, bella y magistral con la hondura de estos versos: Sonríes y me reflejo en tu sonrisa/y de uno solo de sus rayos sale música, /la música que me remite al día /que juntos fuimos al río y me dejaste. Versos que logran instalarnos en su realidad, presente y pasada propendiendo que no seamos el fantasma del futuro.

Es que sencillamente, esta obra de Rodríguez Soriano nace por el impulso de su intimo ahogo, lo que hace válido su universo poético y le imprime una particular voz, desprovista de la mera yuxtaposición del verso y armada de la urgente necesidad de todo creador que es trillar un mundo aparte, independiente, y encontrarlo y redescubrirlo en si mismo, en la naturaleza y en las cosas que aunque no nos nombran nos reclaman, nos definen y suelen ser a veces un complemento que nos permita no sentirnos tan maldita y divinamente solos.

Ese sumergirse en sí mismo, sin renunciar al entorno, sin renunciar al influjo de lo telúrico y subsumir todos estos presupuestos en un manantial límpido y translucido de versos articulados y atados a su propio existir, hacen que René Rodríguez Soriano transite caminos que les son propios, que estos sean buenos, malos, ricos o amplios será un reto que en sus versos él le hace a la posteridad, en mi particular caso sólo he dejado que mi sensibilidad se haya paseado con disimulo y sin tropiezos por este Apunte a Lápiz en la tropel atadura de una mismisidad coherente y estéticamente posible, que independientemente del punto de vista con que se aborde está ahí, latente y que permitirá que no nos ausentemos de los tiempos venideros.

Roberto José Adames. Constanza, RD, 13 de agosto 2007.-

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