Letras De Otros

Talismán o resguardo contra el pasmo, las paperas y el mal gusto, siempre traigo conmigo mi cuaderno azulito de finales del bachillerato. No es rojo ni escarlata, mi cuaderno azulito de cimarrona estampa. Ni son mías las palabras, pero cuánto quisiera, contar lo que me cantan en sus textos mis paisanos.
los que me canto
los
que me cuento
  Domingo
Moreno Jimenes.
  Quiero
escribir un canto sin rima ni metro; / sin harmonía, sin ilación,
sin nada / de lo que pide a gritos la retórica.
    Tomás
Hernández Franco.
Charlot está definitivamente
arruinado. A cada lado de su bigotillo una mala arruga encierra, en
un paréntesis de espanto, su boca.
 
  Rafael
Américo Henríquez.
Amarillos / sus pezones.
/ Amarillas / las estrellas de las charcas del sendero./ Va descalza,
va desnuda, va sin miedo / cuesta arriba.
    Juan
Bosch.
Todos los que habían cruzado la puerta
antes que yo habían entregado sus cabezas, y yo las veía
colocadas en una larga hilera de vitrinas que estaban adosadas a la
pared de enfrente.
 
  Manuel
Del Cabral.
La del río, ¡qué blanda!
/ Pero qué dura es ésta: / La que cae de los párpados
/ es un agua que piensa.
    José
Rijo.
A cada latigazo el cuerpecito de Chito culebreaba
de dolor. La mano de Pancho castigaba duro con una soga la carne del
muchacho que, retorciéndose como un bicho, pedía perdón.
 
  Franklin
Mieses Burgos.
Esta canción estaba tirada por
el suelo, / como una hoja muerta, sin palabras / la hallaron unos
hombres que luego me la dieron / porque tuvieron miedo de aprender
a cantarla.
    J.
M. Sanz Lajara.
  El coronel
era un hombre metódico y era un hombre valiente. Se levantaba
todos los días a la misma hora, en el mismo momento que el
sol aparecía sobre las palmeras, tomaba el mismo vaso de agua,
hacía las mismas genuflexiones…
 
  Aída
Cartagena Portalatín.
¿Cómo llorar
la muerte de una rosa, / si los amaneceres han desdoblado el Mundo,
/ y en la hierba que tiembla cerca de los rosales / se han quedado
las albas vueltas dotas de agua?
    Manuel
Rueda.
Saltaba eso a la vista: de los hombres que
me cortejaron Inocencio era el mejor. De mayor valimiento y compostura.
Partido tan a pedir de boca no había otro, ni en el pueblo
ni en muchas leguas a la redonda. Intachable.
 
  Máximo
Avilés Blonda.
Este junio volvieron las mariposas
a pesar de la guerra. / Dejaron su polvillo coloreado en las calles
con sangre. / Jugaron con los niños angustiados antes del día
de San Juan, / y se marcharon luego…
    Virgilio
Díaz Grullón.
Recuerdo muy bien el día
en que papá trajo la primera muñeca en una caja grande
de cartón envuelta en papel de muchos colores y atada con una
cinta roja, aunque yo estaba entonces muy lejos de imaginar cuanto
iba a cambiar todo como consecuencia de esa llegada inesperada.
 
  Freddy
Gatón Arce.
Además, son muchos los humildes
de mi pueblo. / Yo escribí sus nombres sobre los muros, pero
no los recuerdo. / Yo rescaté su corazón de la carcoma
y del olvido, / pero no sé dónde / quedó la sangre
coagulada ni si vino familiar alguno / a limpiar la mancha que había
sobre el duro / tapiz de la noche.
    Marcio
Veloz Maggiolo.
Emilia me miraba de reojo, y con sus
grandes silencios me envolvía como en una atmósfera
de polvo y nubes densas. Entonces el sudor me chorreaba por las caderas,
y debajo de mi impecable traje de gabardina a rayas percibía
el cosquilleo de las gotas, rodando, asustadas…
 
  Raúl
Bartolomé.
Un río seco. / El recuerdo
de un reptil. / La lágrima sin un ojo en que posarse. / La
sombra sin su compañía. / Un charco de cadáveres.
/ Gruñidos. / Una piedrecilla en el zapato de la humanidad.
    René
del Risco Bermúdez.
Eras realmente pintoresco,
Ton; con aquella gorra de los tigres del Licey, que ya no era azul
sino berrenda, y el pantalón de kaki que te ponías planchadito
los sábados por la tarde para ir a juntarte con nosotros en
la glorieta del parque Salvador, a ver las paradas de los Boy Scouts
en la avenida…
 
  Denis
Mota Álvarez.
a la ciudad / en la mañana
le gusta pintarse los labios verdes / con lápices rojos fabricados
con sangre del / homicidio de una flor
    Ángela
Hernández.
Mis ojos todavía eran verdes.
En la boca, en vez de dientes, tenía ventanitas. La gente se
lamentaba viéndome trabajar. “Tan pequeña, metida
en una cocina, un día de éstos se va a quemar”.
 
  Sally
Rodríguez.
Visítame esta noche / música
o agua / recórreme / levántame de aquí / Haz
que mi cuerpo / se sumerja / oh rostro de cristal / en tu sonrisa
que guarda / los ríos / Escóndeme con tus labios / oh
rostro / de la claridad
    Virgilio
López Azuán.
Como de costumbre, salí
a comprar el periódico cuando la campana de la iglesia, con
su badajo, anunció que eran las siete de la mañana.
El día se levantó con una brisita fría, y unas
gotas de lluvia, finas, que el viento las toma y las hace caer deformadas
sobre la calle gris.
 
  Médar
Serrata.
En un cuadro de Goico estoy mirando a solas
/ las líneas y el color del desamparo / una frente que estalla
un rostro atribulado / -mi propio rostro- veo / mi pensamiento mismo
saltando de ola en ola.
    Manuel
García Cartagena.
La noche llegaba tímidamente
mientras hojeabas la revista. Verte allí, sentada en silencio
a la izquierda de la cama, me hacía sentir melancólico.
Aquel crepúsculo anunciaba, como todos, alguna tragedia antigua
y olvidada.
 
  José
Alejandro Peña.
Una franela blanca de mi padre
/ cerrada por las mangas / es un closet para echarse / a volar. /
Volar, volar, volar / de mi país natal…
    Ramón
Tejada Holguín.
Son sus ojos, sus ojos, el
motivo de mi decisión, aunque todo empezó por su sonrisa.
Digo sonrisa a falta de mejor palabra. Al inicio ella le abría
las puertas a Ava Gardner. Aunque, no posee toda esa hermosura y ambigüedad
de Ava, no es una “Femme Fatale”, a pesar de sus pretensiones.
Pero su sonrisa…
 
  Pastor
de Moya.
  me pertenecen
todos los secretos de la noche / el mar de estrellas que se niegan
en el número / el semen con que dios hizo la luz me pertenece
/ y cuando pueblan las palomas tus pezones / aún me perteneces.
    Julio
Adames.
La carret a se detuvo en medio de una ola
de polvo y chirridos de ruedas oxidadas. Primero baja un viejo de
contextura fláccida, y luego, refunfuñando, una niña
pequeña de aspecto huraño y sin peinar. El viejo la
sujeta por el cuello con un fuerte correaje de cuero, obligándola
a seguirlo.
 
   

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